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JUNIO 2011 – John Cheever

John Cheever

John Cheever nació el 27 de mayo de 1912 en Quincy, Massachussets, en una vieja casa victoriana en la Winthrop Avenue. Su padre, Frederick Cheever, era un distinguido empresario zapatero, que luego del crack del 29, quedo arruinado y abandonó a su familia. Su madre, Mary Liley, era una inglesa culta que tras la huída de su esposo, abrió un negocio de obsequios, “una profusión antinatural de antigüedades” según la óptica de su hijo John, que siempre detestó la estética retro de la aristocracia en decadencia.

 Tuvo un solo hermano, Frederick, siete años mayor, con quien establecería una relación profunda y conflictiva, que ha sido un tópico recurrente en la literatura de Cheever: las dos novelas del ciclo Wapshot, la relación casi siamesa de Martillo y Clavo en Suburbio, y el fratricidio de Farragut en Falconer, bastarían como ejemplos.

Pero los paradigmas del tópico se encuentra en los cuentos ‘The Brothers’ (1937) y el legendario ‘Goodbye, My Brother’ (1951). El amor fraterno -Caín y Abel- como relación peligrosa es uno de los grandes temas de John Cheever. La relación con Fred ha dado lugar a todo tipo de suspicacias biográficas: según el biógrafo Scott Donaldson y su propio hijo Benjamin, es probable que Fred haya sido el primer amante homosexual del escritor, durante un viaje que los hermanos realizaron a Alemania en 1931.

A la edad de diecisiete años John fue expulsado -por fumar, por mala conducta, por mal rendimiento: las versiones que fue dando Cheever fueron cambiando con el tiempo e incluso se contradicen- de la Thayer Academy en Milton, Massachusetts. La expulsión, fundamentada como iniciática por el propio Cheever, lo llevó a escribir y publicar su primer cuento, ‘Expelled’. Fue editado en The New Republic el primero de octubre de 1930. La historia fue enviada bajo el seudónimo de “Jon” y fue inmediatamente aceptada por el editor Malcolm Cowley, quien desde ese momento sería uno de los mejores consejeros editoriales y amigos íntimos de Cheever.

En 1930 se mudó a una suerte de pieza de pensión en Nueva York y comenzó a rondar oficinas y editoriales presentando su trabajo. El fotógrafo Walker Evans, otra de sus grandes amistades, tomó una legendaria foto de la habitación, que ahora se encuentra en el Museo de Arte Moderno.

Cheever publicó algunos de sus primeros cuentos en Houl and Horn, Collier’s, Story Magazine, Harper’s Bazaar, y The Yale Review, hasta que, alentado por sus amigos E. E. Cummings y John Dos Passos, comenzó a moverse en uno de los mas importantes círculos literarios de la ciudad: Edmund Wilson, Hart Crane, Katharine White, Kenneth Burke.

Un poco más tarde, Cowley, su primer editor, lo introdujo en el círculo de Mrs. Elizabeth Ames, directora de Yaddo, una colonia de escritores en Saratoga Springs. Yaddo era una mansión gótica en donde convivía una fauna artística inclasificable. Entre los más correctos o canónicos destacan Katherine Anne Porter, la novelista Josephine Herbst o James T. Farrell. Durante toda su vida Cheever donó fondos a la Yaddo Corporation, y para la época en que murió era su director y vicepresidente.

Fue una vez más Cowley quien le ofreció a Katharine White, en ese entonces editora de ficción del The New Yorker, cuatro cuentos de Cheever. Y en 1934, cuanto Cheever tenía 22 años, su primer cuento apareció en las páginas de la publicación. A lo largo de su vida, publicaría 119 cuentos allí.

Cheever se casó con Mary Winternitz, una graduada de la Sarah Lawrence College e instructora de literatura en el Briarcliff College, y pasó cuatro años en la Armada durante la segunda guerra. Más tarde escribió guiones televisivos y se mudó a Scaraborough, New York, donde vivió desde 1950 hasta 1955. Viajó con su familia a Italia en el 56, y en ese mismo año se mudó permanentemente a Ossining. Los Cheever tuvieron tres hijos: Susan, Benjamin, y Federico.

Mientras tanto se sucedían los premios: en 1951 ganó la beca Guggenheim. Su cuento ‘The Five-forty-eight’ ganó el Benjamin Franklin magazine award en 1955, y ‘El marido rural’’ ganó el O. Henry Award en 1956. Ese mismo año fue nombrado integrante de la American Academy of Arts and Letters, uniendose a Saul Bellow, Robert Lowell y Thornton Wilder.

Cheever ganó el National Book Award por The Wapshot Chronicle en 1957 y recibió el American Academy of Arts and Letters Howells Medal en 1965 por The Wapshot Scandal.

Cuando cumplió sesenta sufrió un ataque cardíaco y paso un largo tiempo de recuperación en la división para cardíacos del Memorial Hospital de New York. Una vez recuperado se dedicó a impartir talleres literarios en la prisión de Sing Sing, en su Ossining natal. En 1975, dándose cuenta de que estaba perdiendo una severa y crónica batalla contra el alcohol, se confinó en un centro de rehabilitación alcohólica. Una vez más, encontraría paz en el ceremonial litúrgico de la Iglesia Episcopal. Murió en una tarde del 8 de junio de 1982, víctima de un cáncer.

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Fragmentos del diario de John  Cheever

Cuando la autodestrucción entra en el corazón, al principio parece apenas un grano de arena. Es como una jaqueca, una indigestión leve, un dedo infectado; pero pierdes el de las 8:20 y llegas tarde para solicitar un aumento del crédito. El viejo amigo con quien vas a comer de repente agota tu paciencia y para mostrarte amable te tomas tres copas, pero el día ya ha perdido forma, sentido y significado. Para recuperar cierta intencionalidad y belleza bebes demasiado en las reuniones, te propasas con la mujer de otro y acabas por cometer una tontería obscena y a la mañana siguiente desearías estar muerto. Pero cuando tratas de repasar el camino que te ha conducido a este abismo, sólo encuentras el grano de arena.

He vuelto con sentimientos encontrados. Bajo este techo he conocido mucha felicidad y mucha desdicha. La casa es encantadora, el olmo espléndido, hay agua donde termina el jardín, y sin embargo quisiera ir a otra parte; quisiera irme de aquí. Tal vez se deba a mi esencial falta de responsabilidad; a no estar dispuesto a acarrear la carga legítima del padre de familia, o jefe de la casa. No importa cómo lo mire, me parece mezquino, de un provincianismo obstuso. Es en parte el provincianismo en el ambiente lo que hace que quiera mandarlo todo a hacer puñetas. Anhelo una comunidad más rica, como todo el mundo. He despertado al amanecer. He paseado por el jardín vestido con el traje de cumpleaños. Disfruté del cielo pálido y del olmo monumental, pero sin dejar de pensar; es mejor en las montañas, en cualquier otra parte. He pasado demasiado tiempo aquí.

Esta mañana a misa. Creo que voy a confirmarme. Mi idea, esta mañana, es que hay amor en nuestra concepción; que no nos amasó una pareja en celo en un hotel de segunda. Puedo reprocharme el ser neurótico y disimular mis deficiencias litúrgicas, pero eso no me llevará a ninguna parte.

Sentado en las piedras frente a la casa, mientras bebo whisky escocés y leo a Esquilo, pienso en nuestras aptitudes. Cómo recompensamos nuestros apetitos, conservamos la piel limpia y tibia y satisfacemos anhelos y lujurias. No aspiro a nada mejor que estos árboles oscuros y esta luz dorada. Leo griego y pienso que el publicista que vive en frente tal vez haga lo mismo; que cuando la guerra nos da un respiro, hasta la mente del agente publicitario se inclina por las cosas buenas. Mary está arriba y dentro de poco iré a imponer mi voluntad. Ésa es la punzante emoción de nuestra mortalidad, el vínculo entre las piedras mojadas por la lluvia y el vello que crece en nuestros cuerpos. Pero mientras nos besamos y susurramos, el niño se sube a un taburete y engulle no sé qué arseniato sódico azucarado para matar hormigas. No hay una verdadera conexión entre el amor y el veneno, pero parecen puntos en el mismo mapa.

Lo que llamamos pena o dolor suele ser nuestra incapacidad para entablar una relación viable con el mundo; con este paraíso casi perdido. A veces comprendemos las razones, a veces no. A veces, al despertar, descubrimos que la lente de aumento que magnifica la excelencia del mundo y sus habitantes está rota. Eso es lo que sucedió el sábado. Planté unos bulbos y antes de almorzar me tomé un par de ginebras. Pero nervioso. Luego a jugar fútbol, lo que me parece un paso en la dirección indicada; un medio de relacionarnos con el cielo azul, los árboles, el color del río y unos con otros. Una cena aburrida con amigos y vecinos. A misa temprano. Un día ininterrumpido y espléndido. Los S. A tomar una copa. Les di a leer ‘The Country Husband’. Puedo intuir por dónde flaquearían durante una crisis social, por lo que el relato puede causarles rechazo. Pese a todo, los quiero mucho. Más tarde llevé a la perra a pasear por un jardín desolado. Sobre las piedras, bajo la arboleda, vi un cardenal muerto. Unos crisantemos enanos entre las piedras y el pájaro color sangre. El mármol poroso de los adornos sigue empapado con el agua de la lluvia de la semana pasada. Eché una mirada en el invernadero. Las higueras están cargadas de fruta, pero algunas hojas están marchitas. Como el pájaro muerto de colores brillantes -un pájaro que siempre asocio con el amor y la alegría-, me pareció un vago portento -que tontería-, pero parte de la fría claridad, la belleza de la tarde. Sólo que todo, las luces encendidas en la casa grande, el oro cincelado de los árboles, parece afirmar nuestra buena salud. Es hermoso, pienso, pero tal vez mi buen ánimo dependa del jardín de un rico. En el mundo -en sus calles y rostros- hay una fealdad inevitable; ¿el texto sería el mismo si contemplara una casa desdichada? Creo que sí.