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NOVIEMBRE 2010 – Unos días en el Brasil – A. Bioy Casares

Unos días en el Brasil – Adolfo Bioy Casares

En 1960, Bioy Casares fue invitado a un congreso de escritores en Brasil. Allí nació este diario, casi inhallable hasta hoy, en el que conviven presencias literarias (Moravia, Caillois, Graham Greene) con fantasmas amorosos, detalles cotidianos y la visita a Brasilia. Una pequeña exquisitez para reencontrarse con Bioy y descubrir un raro episodio en su vida. 

 

FRAGMENTO

                Acaso completen mi Diario del viaje de 1960 algunas referencias a un viaje de 1951. En la primera que me viene a la mente, estoy mirando desde la cubierta de un barco a los pasajeros que suben por la escalerilla. Atrae mi atención un grupo formado por un señor indio y dos muchachas de sari, que lo siguen, cargadas de valijas. Sabré después que la más joven y más linda se llama Shreela. Es delicadamente, luminosamente, bella. Desde la hora en que la vi no tuve ojos para otras mujeres. Menos todavía para Ophelia, que no era mujer, sino una niña: una chiquilina. ¿Quién puede prever el futuro? De un modo acaso particular, Ophelia está vinculada a mi viaje de 1960.

                Una mañana en que yo desayunaba en el comedor del barco, Opheliña pasó junto a mi mesa y con asombrosa lentitud se desplomó. Me explicaron que se había desmayado «de amor por mí». Era una brasilerita dorada y rojiza, de ojos azules.

                Desembarqué en Cherburgo y tomé el tren. Shreela se disponía a sentarse a mi lado, pero Ophelia le pidió que dejara el asiento; lo ocupó, me envolvió con un brazo y apoyó la cabeza en mi hombro. Desde entonces fuimos amigos con Shreela; quiero decir, nada más que amigos. Shreela era una muchacha con sentido del humor, fina, inteligente. Me disgustó querecibiera ese trato, pero no intervine, porque recordé el consejo del padre de Léautaud: que las mujeres se arreglen entre ellas.

                En París, Opheliña me llamó por teléfono varias veces. Finalmente salimos una tarde. Me dio un trozo de papel, con anotaciones.

                –Te llamé para darte esa dirección, en Río. Es la de mi casa de antes, porque si recibo cartas de un hombre mi madre me pone pupila en el colegio. El portero se encargará de avisarme, para que pase a buscarla. Quiero que me escribas.

                En el Bois me besó con la boca abierta. De pronto me apartó para preguntar:

                –¿No harías eso con una minina, Bioy?

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